Victor's profileDesde un décimo piso...PhotosBlogLists Tools Help

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    9/15/2009

    Otro símbolo de los '80 que se fue: Patrick Swayze

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    Poco a poco han ido desapareciendo los mejores representantes de la cultura pop de los '80. Hace unos meses, se fueron Farrah Fawcett y el Rey del Pop.

    Ayer, tras una lucha de un año y medio contra el cáncer, se fue Patrick Swayze, quizás el más exitoso actor de esa década.

    Es posible que mi afirmación parezca un despropósito, puesto que la figura de Swayze parece irrelevante frente a monstruos de la pantalla como Tom Cruise o Mel Gibson, que tuvieron muchísimos más éxitos en pantalla no sólo en los '80 sino también en los '90. Pero ninguno de ellos, ni de los otros grandes nombres de la década, logró la apabullante figuración de Swayze con solamente UNA película: Dirty Dancing.

    Este tejano, nacido en 1952, comenzó a trabajar en cine y televisión a comienzos de esa década, pero tuvo su explosión en 1987 con ese musical co-protagonizado por Jennifer Grey. En esa película, como el bailarín Johnny Castle, Swayze se convirtió en el sueño erótico de millones de mujeres en todo el mundo, puso un hit titulado "She's Like the Wind" en los charts del mundo, y registró una línea que trascendería por más de veinte años: "nobody puts Baby in the corner".

    Todo, con apenas una película casi de clase B, un musical que rescataba unas cuantas canciones Motown de los '60 y un par de secuencias de baile algo subidas de tono. Excelente inversión para la productora, que Swayze no supo -o no quiso- explotar adecuadamente.

    Los años pasaron, y tuvo un segundo golpe de suerte entrando a los '90, con Ghost, después de la cual su coprotagonista, Demi Moore, comparó su capacidad actoral con "un refrigerador".

    Y aparentemente ese sería el final de la gran carrera de Patrick Swayze. Pero no.  

    Los años pasaron, y en el nuevo siglo Swayze siguió actuando, asumiendo roles más acorde a su edad. En 11:14 asumió un secundario como el papá de la protagonista, en una película intensa que daría pie a varias aplicaciones de la misma idea. 

    Y así llegamos al 2005, donde aparece en la comedia británica Keeping Mum, compartiendo cartelera con Dame Maggie Smith, Rowan Atkinson y Kristin Scott Thomas. Grandes nombres del cine británico, a los que Swayze se unió para interpretar básicamente lo que fue una caricatura de su personaje clásico: un entrenador de golf, americano por añadidura, que enamora a la protagonista.  

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    Y esa es una buena manera de recordar a Patrick Swayze: como un tipo que logró el éxito, que se perdió en el camino y que después fue capaz de reirse de sí mismo. Pocos tienen esa capacidad. Y nada mejor que despedirlo volviendo a ver ambas películas. Y, por qué no, escuchando una vez más She's Like the Wind.

    Quizás en su lápida puedan escribir "Nobody put Patrick in the corner".

    8/18/2009

    Todos a inscribirse

    RM Paletas - Refugios Cafetera

    Esta historia comienza con las señorita de la imagen, protagonista involuntaria de una polémica intergubernamental.

    El Instituto Nacional de la Juventud, INJUV, lanzó una campaña publicitaria para motivar a los jóvenes a inscribirse en los registros electorales y así participar del proceso eleccionario de este año. Supongo yo que los creativos que asesoraron al INJUV determinaron, tras sesudos estudios, que los jóvenes se identifican con las señoritas que atienden en los cafés con piernas, habida consideración del rol social que cumplen.

    Como no debe sorprender a nadie, el Servicio Nacional de la Mujer, SERNAM, puso rápidamente el grito en el cielo por esta imagen, la que -en su opinión- es totalmente denigrante para el género femenino. Así las cosas, la campaña tiene que modificarse y la señorita en cuestión, salir de las paletas publicitarias.

    Ahora bien, más allá de la chica del café con piernas, la campaña es pobrísima. Si con eso quieren incentivar a una nueva generación de votantes para que se inscriban, nadie deberá sorprenderse si el número de votantes en esta elección baja.

    Así las cosas, mi buen amigo Lecaros lanzó su propia campaña a través de su sitio desenfocados.cl, nada menos que con He-Man invitando a los jóvenes a votar. Chistoso, si. Pero, tristemente, mucho más efectivo que la señorita del café.

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    Como las buenas ideas son para copiarse, lancé mi propia campaña, con un tinte especial: seres malévolos invitando a votar.

    Para comenzar, el Joker, en la encarnación de Heath Ledger en Batman: The Dak Knight.

    Si semejante monstruo anarquista invita a los jóvenes a participar del proceso eleccionario, quiere decir que el Joker ve en él algo dentro de su locura.

    Si vieron la película en cuestión (si no la vieron, dejen lo que estén haciendo, arriéndenla y veanla ahora mismo), sabrán que el personaje éste cree que las personas, con las motivaciones apropiadas, pueden despojarse de todo atisbo de respeto y civilidad. Mirando a nuestros políticos, no me cuesta creer en su hipótesis, por lo que -dentro de su locura- algo de razón debe tener.

    Por lo mismo, es un sujeto serio, digno referente para invitar a la juventud a inscribirse y votar. Lo dice el Joker.

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    El segundo "rostro" de mi campaña es un poco más antiguo, y tiene un nivel de poder bastante superior.

    Darth Vader, el señor oscuro del Sith, la perdición de los caballeros jedi y mejor no sigo. Ejemplo viviente de cómo un político sin moral (perdón por la redundancia) puede manipular y convertir a un inocente jovencito en un monstruo capaz de infundir terror a planetas enteros con su sola presencia.

    Así, el lado oscuro de la fuerza también invita a votar. Claramente, es poco probable que el Imperio tenga procedimientos democráticos, pero les aseguro que si hubiera una campaña de inscripción en los registros electorales imperiales liderada por el rostro de Vader, la inscripción sería absoluta (de más está decir que el Emperador ganaría la elección con el 100% de los votos).

    Ya sabes. Si no te inscribes, puede ser que el día de la elección, repentinamente, sientas que una mano invisible te asfixia...

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    Otra cara para invitar a votar: el Agente Smith, de la trilogía Matrix. Otro que gusta del orden y el control. Y éste si que maneja información. Absoluta, total y completa.

    Quizás la estrategia del registro electoral es incorrecta. Quizás debería tener agentes como Smith y sus secuaces, persiguiendo a los jóvenes para que se inscribieran. Inscripción a domicilio. ¿Qué tal? Si un día este tipo y dos de sus comparsas llegan a tu casa a decirte "inscríbete", ¿te atreverías a decirle que no?

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    ¿Alguien se acuerda de esta simpática criaturita? El Embajador de Marte en Mars Attacks!

    Estos marcianitos, que llegaron sorpresivamente en son de paz y tomaron rápidamente control del planeta por completo, también pueden tener espíritus democráticos y, armados de sus pistolas Wenco, salir a convencer a la juventud para inscribirse y cumplir con su deber cívico.

    Claro que hay que concederles algo: son los únicos marcianos del cine que han asesinado (en pantalla) a un presidente de los USA, y -mejor aún- haciéndole creer que se dejan engatusar por todas sus frases comunes y discursos politiqueros de amistad y hermandad (cuando todos sabemos que detrás de toda esa palabrería sólo se esconde el interés personal de cada político de arreglarse los bigotes o seguir vivendo a costa de la teta del estado, como esos diputados que ya llevan... 16 años!).

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    El General Zod, villano principal de Superman II.

    Este no está ni ahí con la democracia. Su apoyo a la inscripción sería uno sólo: inscríbanse y voten por mí, para que sea el gobernante supremo no del país, sino del planeta. El sueño de todos los políticos (poder), pero expresado en voz alta.

    Y su mejor frase para el bronce: arrodíllense ante Zod. Lo mismo que quieren nuestros apreciados políticos: que los reconozcamos como elegidos, especiales, con privilegios superiores (como poder andar por la carretera a todos los km/h que se les ocurran sin dar explicaciones a nadie), ellos pretenden ser una casta superior, por encima del votante medio.

    Al menos Zod, en su programa de gobierno, es claro en los beneficios a los que uno puede optar: seguir viviendo.

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    Finalmente, otro que tiene poder. Varios poderes, encima. Telekinesis, detectar si la gente miente, curación acelerada... Sylar, el mega-villano de Heroes.

    O te inscribes, o te asesina con alguno de sus mútiples poderes... ninguno más temible que el que te abra el cráneo (mientras estás vivo y conciente). Si hay una campaña del terror para que los votantes se inscriban, esta es.

    No sé si mi campaña tenga más éxito que la del INJUV. Pero, claramente, no le irá peor.

    8/16/2009

    Se acaba geocities...

    Uno de los problemas que presenta internet -al menos para mí- es la rapidez con la que evoluciona. Para peor, yo no llevo ningún registro de los cambios que tiene ni de cuándo acontecen. Como sea, recuerdo algunos hitos de mi historia personal con la red, desde lo más reciente a lo más antiguo:
    • Mi facebook lo abrí aproximadamente en mayo del 2008.
    • Comencé a colaborar con frecuencia semanal en dailyplanet.cl en septiembre del 2007.
    • Este espacio en live.com lo habilité a comienzos del 2005.
    • Me convertí en participante oficial del desaparecido puertocero.cl en septiembre del 2003.
    • De ahí para atrás, todo está medio nebuloso. ¿Cuándo empecé a usar messenger? Me suena por ahí por el 2000/2001, pero no estoy 100% seguro. Pero si recuerdo que antes de messenger, usé el equivalente de yahoo un tiempo.
    • Antes de eso, por ahí por 1998, "hice" mi primer sitio en la red, en geocities.com.
    • Por ahí por 1997/98 hice mis primeros pedidos a Amazon.com
    • Aún antes (pero no recuerdo el año exacto) creé mis cuentas hotmail y yahoo.
    • En 1995 encargué mis primeros CDs a musicspot.com (entre ellos, la caja de la trilogía de Star Wars).
    • En ese entonces, el único browser era Netscape, y todo era muy, muy primitivo.
    ¿A qué va toda esta retrospectiva? A que hace unas cuantas semanas me llegó un correo de yahoo, avisándome que geocities.com se cierra en fecha próxima.
     
    ¿De qué iba geocities? Muy simple: un espacio gratuito en la red para que hicieras lo que quisieras con él. Cosa que hoy no tiene ninguna gracia pero, cuando sus creadores lo implementaron en 1995, era la gran novedad. Organizado por "ciudades", cada quién ponía su sitio según el tema central del mismo. A mediados de 1997, geocities era el quinto sitio más popular de la red, y se empinaba por el millón de usuarios publicados. En 1998 la propiedad de geocities se abrió a la bolsa, con la acción a 17 dólares, para rápidamente superar los 100 dólares por acción. A comienzos de 1999, Yahoo! compró geocities por la friolera de 3.570 millones de dólares.
     
    Hasta ahí, una historia espectacular. Pero luego vendría la implosión de las .com, con lo que el escenario de estos negocios en línea cambiaría radicalmente. Por otro lado, cada vez se hacía más barato tener un espacio propio en la red, ya fuera para hacer negocios o solamente para tontear. Adicionalmente, nuevos modos de comunicación como los blogs, fotologs, y el mismo facebook, fueron mermando a fuerza de geocities y el interés del público.
     
    Así las cosas, geocities se despedirá en octubre de este año.
     
    ¿Alguien se atreve a elucubrar en cuántos años más estaremos conversando del cierre de facebook?
    8/10/2009

    La vida es como las películas... ¿o las películas son como la vida?

    zack and miri

    Hace ya un buen rato que vi Zack and Miri make a Porno (2008), la ¡octava! película de Kevin Smith, pero por diversas razones no hice mi comentario en ese momento. Como más vale tarde que nunca, acá está mi humilde opinión respecto de esta cinta que, seguramente, jamás se estrenará en los cines chilenos (aunque, en este caso en particular, la estrechez de mente no es sólo nuestra. Incluso dentro de los muy abiertos de mente Estados Unidos de América hubo estados y ciudades que no permitieron que la película se publicitara debido a que la palabra "porno" era parte de su título).

    Primero, un poco de contexto. Kevin Smith (nacido en 1970 en New Jersey) es un tipo que ha construido carrera en base a películas basadas en chistes gruesos y diálogos nerd, generalmente repitiendo una y otra vez a los mismos actores (ejemplos: él mismo y Ben Affleck). Sin embargo, o por lo mismo, goza de un cierto prestigio dentro del mundo fílmico norteamericano (al punto que algunos actores de prestigio como George Carlin y Alan Rickman han participado en sus película), y es adorado por un sector de la fanaticada que lo reconoce como un igual: otro nerd igual que ellos, que pudo cumplir su sueño dorado.

    Todo comenzó con Clerks (1994), una humilde película filmada en blanco y negro -aunque no por pretensiones artísticas- sobre la poco apacible vida diaria de dos tipos que atendían un almacén y un videoclub. Esta película, que le significó a Smith el despegue profesional como cineasta, fue filmada de noche en el mismo almacén en el que él trabajaba, para así ahorrar en locaciones y decorados.

    Con varios éxitos y fracasos en el cuerpo, llegamos a esta nueva película: Zack (Seth Rogen) y Miri (Elizabeth Banks) son amigos de toda la vida. Comparten departamento, y tienen trabajos que a duras penas les permiten mantenerse a flote, Miri en una tienda cualquiera y Zack en un café-clon de Starbucks. Así las cosas, hasta que el dinero se les acaba, y se quedan sin luz, agua ni calefacción en pleno invierno. Situación límite. De esas que -supuestamente- llevan a la gente a prostituirse... o a filmar películas porno.

    Zack, que hasta ese momento era un tipo sin ninguna ambición especial, se transforma en un tipo completamente motivado por este nuevo desafío.Y no sólo eso: arrastra consigo -o convence, como se prefiera- a varios personajes en esta iniciativa. Lo que sigue es la filmación de, posiblemente, la peor película porno de la historia. Por circunstancias del destino, la película se termina filmando durante las noches, en el café en que Zack trabaja, en un claro guiño autobiográfico totalmente justificado, aunque seguramente en la vida real las cosas no fueron tan glamorosas ni entretenidas. Vaya uno a saber. Pero da lo mismo.

    Los personajes (Zack y Miri incluidos) crecen en el proceso, donde dejan de ser personas comunes y corrientes que hacen sus trabajos de todos los días, para pasar a ser partes importantes de algo mucho más grande. No voy a hacer acá una apología del porno, ni mucho menos pretender que lo que están haciendo pueda tener algún valor artístico, pero como vehículo para plantear el crecimiento que propone el director, la película porno es más que suficiente. La historia, la película que vemos, es un viaje en el que los protagonistas avanzan y crecen. Y eso, de un tiempo a esta parte, Smith lo está manejando muy bien (tengo claro que a nadie le gustó Jersey Girl pero yo sigo sosteniendo que tiene sus momentos). Ahora, como buena película gringa, tiene su final feliz y todos terminan contentos, lo que -al menos en esta oportunidad- no molesta ni aparece como una solución forzada.

    Los protagónicos cumplen a cabalidad. Mal que mal, Smith escribió esta película con Seth Rogen en mente para el papel principal. Sus personajes son totalmente creíbles, tanto a nivel de diálogos, lenguaje corporal y emociones. La película, como es costumbre en Smith, está muy bien escrita, llena de guiños y chistes que muchos otros escritores no se permiten porque no son "politicamente correctos" (los chistes, no los directores).

    Como es costumbre, además, hay una serie de cameos interesantes, comenzando ni más ni menos que por Brandon Routh, el último Superman en persona, haciéndolas de ex compañero de curso de Zack y de Miri. Y, por supuesto, uno de los imperdibles del director, su amigo Jason Mewes como Lester Cockinstuff, saliendo por primera vez de su papel del drogadicto vende hierba Jay.

    En resumen, una película entretenida para todos los públicos (a diferencia de varias otras de Smith que son más bien para su cerrado círculo de seguidores) sobre los 18 años, con mucho chiste de doble sentido y otros tantos intraducibles -muy recomendable verla con subtítulos en inglés-, y fácil engache. Completamente recomendable, y una muestra más de que Kevin Smith se está convirtiendo, lentamente, en uno de los buenos relatores de historias urbanas del cine yanqui.

    ¿Por qué? Pues, porque en esta oportunidad fue capaz de tomar una historia de su vida pesonal, agregarle ciertos condimentos, y presentarla como una historia completamente ficticia, entretenida, chistosa, logrando que el público pase un buen momento y, encima, que al terminar de verla quede con ese saborcito agradable que dejan esas películas que tienen un mensaje pero que no lo predican desde un púlpito. En este caso, la película es como la vida. Como la vida de Kevin Smith.

    7/4/2009

    No hay lugar como tu hogar

    Hoy volví a ver Bolt, la película de Disney Animation sobre un perro que se cree superhéroe. O al menos volví a ver parte de, con mis enanos, que decidieron arrendarla (junto con el concierto de los Jonas Brothers). Al final, la película termina con una cancioncita cuyo coro dice no hay lugar como tu hogar, ahí perteneces tú (si quieren entender más el contexto de la canción y a lo que se refiere, vean la película. Van a pasar un buen momento).

    ¿A qué viene mencionar esta canción ahora?

    Al concepto de hogar, al pertenecer, que para mí fueron parte de un proceso largo y complejo.

    Si retrocediera el tiempo veinte años atrás, seguramente volvería a experimentar exactamente lo mismo: por primera vez la sensación de pertenecer a un lugar, de ser parte de algo más grande. ¿Dónde? En la Universidad Técnica Federico Santa María. ¿Cuándo? Comienzos del año académico 1989. ¿Con quiénes? Claudio “Robocop” Valderrama y Rolando “Stuka” Hermosilla, en el CB-3.

    Por primera vez, luego de doce años de incomodidad colegial, encontraba un lugar en el que me sentía a gusto, un lugar propio, un lugar al que podía llamar “hogar”. Ahí tenía que estar. Aunque, ahora que lo pienso, en mi curso no todos eran como yo. Igual había grupos y subgrupos. Estaban los tops, los deportistas, los extranjeros, los del norte, los del sur, y nosotros: los nerds. Nerds entre los nerds, si se quiere. Aún dentro de ese grupo, no estaba solo. En ese momento, en marzo de ese año, descubrí que no estaba solo en el mundo. Que, si bien era un bicho raro, había otros como yo.

    Ahí comenzó mi amistad con Rolando. El primer día de clases, segundo martes de marzo, Algebra I. Comenzamos, a partir de una serie de coincidencias de nuestras historias personales, una amistad que –ni modo de saberlo entonces- duraría el resto de su vida.

    En condiciones normales, deberíamos haber sido amigos hasta por ahí por el 2050, bordeando los ochenta años de edad, juntándonos –aún- a tomar un café y tirarle migas de pan a las palomas recordando cuando podíamos caminar sin ayuda.

    Pero entró en la historia el famoso estafilococo dorado y nos cortó la amistad 49 años antes, una noche de Julio del 2001. Porque una noche como hoy, un 4 de Julio, Rolando –por fin- dijo basta. Diez semanas de batalla en la UTI fueron demasiado. Ocho años atrás, una noche como hoy, estábamos todos ahí, en la sala de espera, esperando el final de la historia. Un final que se anunció como un ominoso 80% de posibilidades de muerte cuando cayó a la UTI. Un final que tres semanas antes dijo “despídanse, porque le quedan 72 horas”. Un final que, de tanto esperarlo, de tanta falsa alarma, terminó pillándonos a todos por sorpresa.

    Luego vendría lo surrealista: el velorio, el rito de despedida, el funeral, el entierro. Con su corbata de Batman, con el resumen de su vida, con su mamá y Susana llorándolo. Algo que no tenía que ocurrir hasta muchísimo tiempo después, ocurrió.

    Y, ocho años más tarde, aún se le extraña. Mucha, muchísima agua ha pasado bajo el puente. Todos hemos cambiado, crecido, evolucionado. Ya no nos vemos tanto como antes. Nuestros caminos se han separado. Quizás Rolando nos aglutinaba. No lo sé. Yo sigo extrañando sus comentarios ácidos, sus visitas, su voz. Las empanadas juntos en El Rápido. Sus abrazos cuando llegaba a casa. Conversar de cómics y jugar Worms. Extraño la posibilidad de hablar con él. Seguramente habría destrozado la película de Watchmen, qué sé yo. Seguro que estaríamos comentando los episodios de The Big Bang Theory, y los dos nos disputaríamos el rol de Leonard. O el de Sheldon. Y así, infinidad de tonterías.

    El haber conocido a Rolando, y su amistad, es una de las buenas cosas que me han pasado en la vida. En los trece años en que nuestros caminos corrieron paralelos, compartimos muchas situaciones y momentos, desde certámenes de cálculo hasta nacimientos, pasando por decepciones amorosas, matrimonios y los omnipresentes cómics.

    Partí hablando de que no hay lugar como tu hogar y terminé hablando de un amigo que me acompañó una parte importante del camino, y que tuvo una participación significativa en cómo entré y viví una de las más significativas etapas de mi vida. A veces el hogar es simplemente eso, el lugar donde uno está con los que quiere. Y los amigos son esos que llegan para hacerte sentir en casa, aún cuando no lo estás.

    Ocho años después, aún se te extraña por acá, Rolando.

    7/3/2009

    Que quede constancia de que aquí estuvo… Constanza

    Recuerdo con lujo de detalles el momento y la situación en que mi hermana me contó que iba a ser mamá. Fue el viernes 12 de diciembre del año pasado. Yo estaba en Arequipa, en viaje por trabajo, en mi habitación en el hotel Posadas del Inca. Venía llegando de cenar, me conecté a facebook y ahí me contó.

    Pero, para que se entienda cómo sentí la noticia, tengo que contextualizar un poco en qué estado emocional me encontraba en ese momento: dañado, triste, dolido. Tratando de cerrar una etapa y de entender lo inentendible (cosa que un par de días después dejaría de aplicar: todas las mentiras fueron descubiertas y todo sería muy fácil de entender).

    En ese momento, la revelación de que mi hermana esperaba un hijo fue una luz de alegría en el camino. Si bien es cierto que hay personas que no sienten nada con estas noticias, para mí son importantes. Y en este caso, el anuncio trajo un cambio en la marea. Señalaba el final de una mala etapa, y el comienzo de cosas buenas. Cosas que pronto pasaron. Cosas como los primeros sitios migrados dentro del proyecto de transformación. Como la génesis de mi libro. Fue una suerte de epifanía, si se quiere. Fue como si el futuro integrante de la familia viniera a echarme una mano con una situación difícil.

    (Un poco tal y como hizo mi hija Victoria, cuyo nacimiento antecedió la caída de mi buen amigo Rolando al hospital por justo una semana. Durante los dos meses y poco que siguieron, en que fueron más los días de preocupación por su situación que los días en que había tranquilidad, la chicoca me dio ánimo y alegría constante para no desfallecer).

    Volviendo a este año: el tiempo fue pasando rápidamente. En la medida que el embarazo de mi hermana avanzó, y comenzaron a hacerse las ecografías y controles de rigor, se supieron dos cosas. La primera, que sería niñita. La segunda, que su ritmo cardiaco era más lento de lo esperado. Vinieron más y más exámenes y análisis, y si bien mi hermana y su marido ya sospechaban algo, todos manteníamos en alto la fe. El último mes, se la pasó en el hospital para diversos exámenes y evaluaciones.

    Cuento corto, la noche del viernes 26 nació la pequeña Costanza Gabriela.

    En otras circunstancias, probablemente Constanza habría crecido para ser una niña chispeante y graciosa. Los próximos meses los dedicaríamos a celebrar sus primeras gracias, sus avances, a disfrutar con la nueva actitud maternal de mi hermana, a molestar al padre de la criatura, y a engolosinarnos con sus ojos y risa.

    Habríamos comentado sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus primeros destrozos, sus primeras caídas.

    Nos habríamos sentido orgullosos de su primer día de colegio, nos habríamos preocupado cuando se enfermara, la habríamos llevado al cine, y jugaríamos con ella como la sobrina más pequeña del lote.

    Frecuentemente la compararíamos con sus padres, identificando en ella los rasgos de ambos, sus gestos, su personalidad. Cada vez que sus padres se quejaran de algo malo de la pequeña les diríamos “lo que se hereda no se hurta”. También la molestaríamos, le pondríamos sobrenombres, le diríamos “pequeño insecto” o “renacuajo”. La taparíamos a besos y regaloneos varios.

    Y así, día a día, semana a semana, mes a mes ni nos daríamos cuenta como la pergenia crecería y crecería, quemando etapas, avanzando, sorprendiéndonos.

    Claro que todo eso habría sido en otras circunstancias, en las que todos damos por sentadas al momento de embarcarnos en la aventura de tener un hijo: que la criaturita vendrá sana.

    En este caso, Constanza tenía un problema en su corazoncito. Así que toda su vida se redujo a algo así como un día y dos noches. La pequeñita se fue tan rápido como había llegado, en la mañana del domingo 28 de Junio. De aquí en más, el día de mi cumpleaños se funde con el día en que la chicoca nos dejó. La felicidad de mi cumpleaños se mezclará con la pena por mi sobrina.

    Ayer, la familia se reunió para despedirla. Yo no tenía idea de que era posible bautizar a alguien en los ritos católicos después de su muerte, pero se puede. Así que fue bautizo y despedida, todo junto. Palabras sobrias, mucha pena, y decirle adiós a una niña que ni siquiera alcancé a conocer, a la sobrina que no podré tomar en brazos, a la prima con la que mis hijos nunca podrán jugar.

    La pequeña Constanza se fue, tal como los globos de Up, derechito al cielo. A juntarse con mi papá, que se fue hace ya diecisiete años. Y con mi abu, la Flori, que nos dejó hace casi cuatro. Desde arriba, este pequeño angelito velará por sus padres, les dará fuerza y sabiduría para seguir adelante, y –por qué no- seguirá cuidando de todos nosotros. Si pudo hacerlo sólo con avisar que venía en diciembre, más podrá hacerlo ahora…

    7/1/2009

    UP

    up

    Es difícil reseñar una película sobre lo que aparentemente ya está todo dicho.

    Más aún, cuando es la décima película de Pixar, una compañía que -cual talentoso atleta en el mejor momento de su carrera- logra éxito tras éxito, tanto en taquilla como en calidad artística, superándose a sí misma una y otra vez, al punto que se ha convertido en el referente obligatorio de la industria de la animación. La compañía de la lamparita ha empujado a las demás empresas del negocio y se convirtió, al cabo de 20 años de esfuerzo sostenido, en parte de uno de los conglomerados mediáticos más importantes del mundo: Disney.

    Pero no porque reseñarla sea difícil voy a dejar de intentarlo.

    Desde un punto de vista técnico, esta película –al igual que sus antecesoras Wall-E,  Ratatouille y Cars- alcanza la perfección. Cada escena, cada lugar, cada toma está construida de manera impecable, logrando un espectáculo visualmente increíble. La sola proyección del momento (repetido hasta el hartazgo en los trailers) en que la casa de Carl Fredricksen remonta vuelo suspendida de miles y miles de globos es de una belleza tal que, por sí misma, ya justifica el precio de la entrada al cine.

    La historia en si misma muestra para cuánto se atreve Pixar. Ya no es una historia de juguetes, o de animales, o de superhéroes, o del futuro, todos tópicos fáciles de asimilar para su supuesto público objetivo. En este caso, una historia protagonizada por humanos (todo lo disfuncionales que se quiera, pero humanos al fin), simple, basada en una premisa disparatada pero perfectamente apta para un público infantil. Una historia que en base a apenas tres personajes humanos, un perro y un pajarraco, construye un cuento de amistad, de crecimiento, de confianza, que enseña y emociona, que permite múltiples lecturas, que entretiene a grandes y chicos por igual, que deja enseñanzas (como las películas de monitos de antes), y que al final hace que uno termine dando gracias por el par de horas que pasó en la sala de cine.

    Pero más allá del despliegue visual, y de la historia en sí misma, hay tres aspectos de UP que me llamaron profundamente la atención:

    El primero es la similitud que tiene con Gran Torino. En ambos casos, el peso de la historia está en la relación que desarrolla un anciano americano, solo, con un descendiente oriental, que no tiene modelo paterno y está desesperado por calzar, de un modo o de otro, con el mundo al que debería pertenecer. Ambos extremos de vidas tan disímiles se juntan, se conectan, y se nutren mutuamente. Claro que en el caso de UP el objetivo final se logra con mucho menos dramatismo, como corresponde a una película infantil.

    El segundo es la excelente secuencia inicial de la película: la historia de vida de Carl Fredricksen y su esposa es contada en apenas unos minutos, sin palabras, en una demostración de la maestría de Pixar para usar el medio cinematográfico y generar emociones en el público. Puedo afirmar que he visto más de una película que, en todo su desarrollo, no emociona tanto como esa sola secuencia de Up.

    El tercero fue el 3D. Esta es la primera película Pixar que, desde su concepción inicial, fue pensada para aprovechar la nueva tecnología de proyección digital 3D. Y se nota. Y se nota. Las escenas en que se utiliza el efecto de tridimensionalidad llegan a quitar el aliento.

    Una vez más, Pixar demuestra que está en otro nivel dentro del negocio. Como de costumbre, pudo combinar hábilmente el espíritu Disney con la belleza visual y un magnífico manejo cinematográfico. Ya está claro que va a ganar el Oscar a mejor cinta animada el 2010. Pero creo que, más allá de ello, Disney debería atreverse y –tal como ocurrió con Beauty and the Beast hace casi 20 años- postularla a mejor película, a secas.

    Como si todo lo anterior no bastara, Pixar tiene alma. En una época en que las compañías son despiadadas bestias que ven al público como un simple número, ellos entienden que hay algo más allá.

    En internet circula la siguiente historia: la pequeña Colby Curtin, de diez años de edad, estaba enferma de cáncer. En abril, sus padres la llevaron a ver Monsters vs Aliens, donde la chica quedó impresionada con la sinopsis de Up. Con su salud empeorando progresivamente, su madre encargó una silla de ruedas para llevarla a ver Up el día del estreno. Como a veces ocurre con las entregas, la silla no llegó a tiempo, y cuando –por fin- la recibieron, Colby ya no estaba en condiciones de salir de su casa. La vida se le estaba acabando rápidamente. Desesperado por cumplir el último deseo de la niña, un amigo de la familia comenzó a llamar a Pixar, hasta que finalmente logró comunicarse con alguien de la compañía y explicar la situación. Al día siguiente, un empleado de Pixar golpeaba la puerta de la casa de la familia con una copia en DVD de la película (junto con un póster y peluches de los personajes). La pequeña vio la película y murió siete horas después, en compañía de sus padres. Para su madre, la película significó que su niñita se iría para arriba, al cielo, tal como la casa de los Fredricksen. Pixar no ha realizado comentarios al respecto, ni ha identificado al empleado que fue a la casa familiar, pero aparentemente es una historia verídica.

    De estos hechos es de lo que se construyen las leyendas. Y Pixar seguirá acrecentando su nombre y su prestigio. Toy Story 3 el 2010. Cars 2 el 2011. Y suma y sigue. Y todo, porque hacer animaciones computacionales parecía una buena idea para vender computadores.

    6/26/2009

    Michael Jackson: 1958 - 2009

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    Respecto de Michael Jackson se pueden discutir muchas cosas, pero hay dos hechos de la causa que no resisten ningún análisis.

    El primero, es que fue el artista pop que dominó, sin contrapesos, la industria de la música durante los '80, por lo que se ganó el merecido apodo de Rey del Pop. Las cifras son indiscutibles: Thriller, su disco de 1982, vendió 45 millones de copias en todo el mundo durante el período 83-84 (y está consignado en el libro Guiness de los Récords como el disco más vendido de todos los tiempos). En total, acumuló un estimado de 750 millones de discos vendidos para toda su producción. Y puso 13 singles en el número 1. Pero no sólo era una voz: también tenía una descollante destreza como bailarín. Y como si todo lo anterior no bastara, supo hacer del naciente videoclip su arma más potente, elaborando sofisticados videos para cada nuevo single.

    El segundo, es que no tuvo lo que se llama una infancia normal. Hijo menor de una familia obrera de Indiana, y criado bajo la estricta fe de los Testigos de Jehová, desde la infancia fue formado y entrenado para participar en el grupo musical de la familia. Los cinco hermanos Jackson, bajo el nombre Jackson Five, publicaron su primer disco cuando Michael tenía apenas 11 años. Los cuatro singles de ese disco llegaron al número uno. ¿Cómo procesa ese éxito un pre-adolescente? ¿Cómo lo hace si, además, es la esperanza para que su familia cambie de condición social?

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    Claramente no es un desafío fácil. Muchísimas veces hemos visto historias de niños artistas que terminan siendo el único sostén de su familia, por lo que son -literalmente- explotados hasta que crecen lo suficiente como para terminar el abuso, o bien la sociedad se da cuenta y toma cartas en el asunto. Pero eso pasa hoy. Cuarenta años atrás, nadie se metía, nadie opinaba, ni tampoco existían todas las teorías y herramientas de psicología infantil de las que disponemos hoy.

    Así las cosas, cuando en 1972 Michael ya tenía su primer -y exitosos- single como solista en el mercado, el adolescente ya estaba completamente desconectado de la realidad. El mundo que conocía era uno solo: la música. Producir y producir. La historia dice que su padre, Joe, era severo y estricto. Incluso violento.

    El mayor daño ya estaba hecho. Un genio musical por lotería genética, disciplina de trabajo por formación, e incapacidad de relacionarse normalmente con otros seres humanos por crianza. Pero, en ese entonces, eso nadie lo sabía. Simplemente se suponía que era parte de su personalidad, y que cuando superara la adolescencia estos problemas se resolverían.

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    Saltamos a 1978, cuando Jackson saca su primer disco como adulto, a los 20 años, con producción de Quincy Jones: Off The Wall. Pese  los siete millones de copias vendidas, Jackson seguía participando del grupo musical de sus hermanos.

    En este disco el éxito se sustentó solo por la capacidad musical del artista. Cuatro singles en el top ten, sin pasos exclusivos de baile y con videos prehistóricos. Y sin polémicas. Era un afroamericano más, con su color de piel original y el pelo ídem. Y con la sonrisa de un tipo de veinte años que sabe que está a pronto a comerse el mundo. Y así debió ser.

    El salto más grande fue en 1982, con su segundo disco "adulto": Thriller. Nuevamente producido por Quincy Jones, las canciones, los videos, y la popularización de su uso del paso de baile conocido como moonwalk lo convirtieron en un destructor imparable.

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    Eso, sin contar que participaron en este disco Paul McCartney, Eddie Van Halen y Vincent Price.

    El disco estuvo más de dos años en los rankings, siendo número uno por un total de treinta y siete semanas. Siete de sus nueve temas fueron top ten. Este disco recibió ocho Grammys. Y así sucesivamente.

    Aprovechando el impulso, en 1983 volvió a trabajar con McCartney en un nuevo single, en 1984 salió en gira con sus hermanos, y en 1985 -junto a Lionel Richie- compuso We Are The World.

    Ya era una figura mundial, rostro de Pepsi, y acá en Chile juntábamos las laminitas del álbum que tenía su nombre. Y comenzaron los rumores: que recibía tratamientos hormonales para mantener su voz, que dormía en una cámara hiperbárica, y se compró un rancho en California, en el que puso un parque de diversiones privado (quizás buscando recuperar la infancia que perdió ensayando).

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    Por esos mismos años comenzó su transformación estética, con su piel aclarándose cada vez más (aunque él atribuía este cambio de tono a una enfermedad llamada vitiglio).

    Recién en 1987 apareció su siguiente disco: Bad. La fórmula se repetía: Quincy Jones en producción, destreza vocal, buenos acompañantes, abundante baile y videos de primera línea. ¿La recompensa? Cinco singles en el número uno, distribuidos a lo largo de todo un año.

    Claro que Bad no tuvo el éxito superespectacular de Thriller, y vendió "apenas" un tercio de copias en comparación.

    Pero Jackson, físicamente, ya no se parecía a sí mismo. Ya había pasado a ser una caricatura, y como tal empezó a ser tratado (y apodado). Los periódicos sensacionalistas británicos lo bautizaron como "Wacko Jacko".

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    Para su siguiente disco, aparecido en 1991, Jackson definió su propio apodo: El Rey del Pop.

    Dangerous (que así se llama el disco en cuestión) no fue producido por Quincy Jones.

    Si bien el primer single (Black or White) debutó en el número uno, no estuvo ajeno a la controversia. Con esto, la imagen de Jackson cada vez era más difícil de mantener en buena forma.

    Para complicar aún más la situación, en 1992 aparecería el grunge, Nirvana, y todos lo demás, cambiando el gusto del público masivo desde la hiperproducción hacia la simpleza.

    Como si todo lo anterior no bastara (y, de nuevo, quizás tratando de recuperar la infancia perdida), Jackson se rodeaba de niños. Hasta que en 1993 fue acusado de acoso a un adolescente de 13 años. Con la imagen que tenía ante el público, el veredicto de la sociedad fue rápido y determinante. Claro que el veredicto legal no fue necesario: dos años más tarde sus abogados lograron un acuerdo, a cambio de entre 18 y 20 millones de dólares con los demandantes.

    Para tratar de limpiar su imagen, en 1994 se casó con Lisa Marie Presley, la hija del Rey del Rock. Todo el mundo entendió la jugada como una maniobra de publicidad. El matrimonio terminaría apenas diecinueve meses más tarde.

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    El precipicio se acercaba a pasos agigantados.

    Su siguiente producción, un compilatorio llamado HIStory, que además traía un disco con material nuevo, no tuvo la fuerza suficiente para empujarlo de vuelta a su posición de Rey del Pop, pese a la enorme efigie del artista qua aparecía en la cubierta del disco.

    En 1996 se casó de nuevo, con la enfermera Debbie Rowe, teniendo dos hijos: Prince Michael y Paris Michael Katharine. El matrimonio terminó en 1999.

    El 2001 publicó un nuevo disco de material original: Invincible. Tampoco logró el éxito esperado y, para peor, se edscubrió que el productor ejecutivo de Sony asociado al disco estaba involucrado a una red de pornografía. Cuento corto, Jackson terminó su relación con el sello, en medio de una guerra de declaraciones.

    De ahí en más, la larga caída. Las apariciones en público cada vez más esporádicas, tapado con mascarillas, los rumores de su rostro cayéndose a pedazos, la escena con sus hijos en un balcón en Alemania, y así sucesivamente.

    Hasta que ayer, finalmente, encontró el descanso.

    ¿Qué nos queda de Michael Jackson? Un par de excelentes discos, varios videos insuperables, y un mensaje claro: los niños-artistas deben ser prohibidos. Ningún valor, artístico, comercial, o humano, debería estar por encima del derecho de los nilos a... ser niños.

    5/22/2009

    Fanboys

    fanboys

    Para hablar de esta película (que apenas se estrenó en algunos cines en USA, y que acá llegó directo a los DVD clubs) hay que retroceder en el tiempo. Casi diez años, aun lejano 1999, finales del siglo pasado.

    Ese año, la gran mayoría de los ñoños del mundo esperábamos, expectantes, el estreno de Star Wars Episode I: The Phantom Menace. Si, la esperábamos. Desde hace años. Desde hace dieciséis largos años, para ser exactos. Veamos: Star Wars (el episodio IV, A New Hope) se estrenó en 1977. Empire Strikes Back (el episodio V) vió el mundo en 1980. Y Return of the Jedi llegó a los cines locales el día de navidad de 1983. En 1997 las tres películas se reestrenaron, mejoradas, en la gran pantalla. Pero –para todos los efectos prácticos- ese reestreno no vale. La última vez que habíamos visto una película nueva de Star Wars fue en 1983.

    Durante dieciséis años esperamos a que Lucas, otrora chico revelación del cine y ahora convertido en un mega empresario hiper millonario a costa de las licencias y franquicias de su creación, se dignara darnos una nueva película. Claro que no cualquier película. La historia donde todo comenzaba. La madre de todas las historias. Con Obi Wan Kenobi joven. Con muchos jedis, cuando estaban en el punto álgido de su poder. Nada de peleas entre ancianos y cyborgs asmáticos. Peleas entre jedis jóvenes, ágiles, acrobáticos, y nuevos villanos. Eso era lo que esperábamos. Volver a ver el “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…” en una pantalla gigante.

    No me cuesta nada regresar a esa tarde de Julio de 1999 en que estábamos con Soledad, Morgan, el Perno San Martín, Mónica e Ian haciendo la fila para entrar al Hoyts San Agustín, a la función de las doce de la noche. A las siete en punto llegamos a ponernos a la fila. Cinco horas de pie, esperando (y fue poco, comparado con los fanáticos que en otros lugares del mundo acampando por días y semanas afuera de los cines), rodeados de gente disfrazada, de tipos eufóricos, con poleras y gorros de Star Wars. Pasión nerd en su grado supremo. Todos tarareando a coro la marcha imperial. Todos entonando cánticos religiosos ewok. Hasta que entramos a la sala. Se apagaron las luces. Sonó la fanfarria de la 20th Century Fox, apareció el logo de Lucasfilm y el mundo se detuvo.

    (Si a estas alturas de la crónica no te sientes identificado ni remotamente con lo que lees, o bien crees que es una nerditud intolerable, es el momento de cambiar de página)

    ¿Qué tiene que ver todo esto con Fanboys? Básicamente… todo.

    Fanboys es una obra de amor. Es una película de y para nerds. Para ñoños de Star Wars. Una película par disfrute e identificación de todos quienes hemos visto Star Wars más veces de las que somos capaces de recordar. Una película que rebosa de referencias freak, líneas de diálogo, chistes y tonterías varias basadas en el universo de Darth Vader y compañía.

    ¿De qué va? Cuatro amigos, fans acérrimos de la saga, deciden emprender un viaje atravesando estados unidos. ¿El objetivo? Llegar al rancho Skywalker (base de operaciones principal de George Lucas) para ver el Episodio I. ¿Por qué la prisa? Porque uno de ellos tiene un cáncer terminal, y es posible que no viva hasta la fecha del estreno. Así las cosas, este grupo de dementes emprende el viaje a bordo de un furgón que tiene las mismas mañas del Millennium Falcon.

    A lo largo del camino, como es de esperarse, encuentran enemigos, amigos, y sorpresas varias. Los enemigos, representados por los aún más nerds fans de Star Trek, también conocidos como trekkies. Como esta es una película por y para fans de Star Wars, los trekkies quedan como lo que son: loosers (mi buen amigo Lecaros tendrá que perdonarme). Los amigos que aparecen son algunos conocidos/desconocidos, como Harry Knowles (acá interpretado por Ethan Suplee, el hermano de Earl en My Name is Earl) y Zoe, una amiga que acude a su rescate cuando son encarcelados por escapar de la policía local. Y las sorpresas… bueno, son sorpresas y no se las voy a contar acá.

    Como sea, estos amigos deciden enfrentar su Estrella de la Muerte y continuar su travesía hasta llegar a destino. Y ver la película. O casi.

    ¿Qué tiene de especial esta película, de ñoños, sobre ñoños y para ñoños? Bueno, si eres un ñoño de Star Wars, todo. Más allá de que a uno le guste o no Star Wars, es un fenómeno cultural. El aglutinador de toda una generación (la mía), que deliró con entrar al hiperespacio escuchando los pitidos de un R2. Así las cosas, cada cita, cada gesto (como cuando Hutch, uno de los amigos, trata de lograr que las chicas se desvistan ante él usando la Fuerza), cada cameo (Carrie Fisher, Billy Dee Williams, Ray Park), cada detalle (como el logo de la productora de los Weinstein con sonido de sables  láser), se disfrutan enormemente.

    Las actuaciones –que, obviamente, no necesitan mucho: son nerds- van bien. Los más conocidos son Jay Baruchel (el tipo de Tropic Thunder) y Sam Huntington (el último Jimmy Olsen), mientras que Zoe es interpretada por Kristen Bell (de Heroes). Nada del otro mundo. Mención aparte para los actores que tuvieron que interpretar a los trekkies. En busca del realismo, aparentemente la producción seleccionó los especímenes humanos más patéticamente patéticos para interpretarlos, y el efecto es increíble: se ven representados perfectamente en pantalla.

    Para lo que pueda servir, George Lucas mismo dio su bendición a esta película, permitiendo a los productores usar los efectos de sonido originales de la saga. ¿Y cómo no iba a bendecirla? Esta película, junto con el corto George Lucas in Love son material obligatorio para cualquier fan. Merecen un lugar con la santa trilogía, incluso más que los mismos episodios I, II y III.

    En resumen: si viste Star Wars más veces de las que puedes recordar, ve a tu DVD club amigo y agénciate una copia. No te arrepentirás.

    5/5/2009

    Inner Circle - Sweat

    1994. Marzo. Inner Circle alegraba el almanaque con esta alegre y festiva canción para comenzar el año académico.
     

    Sweat (1993) - Inner Circle
    3/23/2009

    Dos películas de autos

    En el contexto de la crisis económica global, en que los gringos se debaten entre salvar o no salvar sus compañías automotrices, tuve oportunidad de ver dos películas, absolutamente disímiles entre sí, las que –de algún modo- ilustran la relación que tienen los norteamericanos con sus autos… o al menos con los autos que fabrican ellos.
     

    La primera tiene nombre de auto: Gran Torino.

    Dirigida y protagonizada por la última leyenda viviente de Hollywood, el soberbio Clint Eastwood, es una historia humana, compleja, con sentido y mensaje, con buenos secundarios, en la que cada momento, cada escena, tiene su razón de ser.

    Eastwood es Walter Kowalski, un viejo jubilado que peleó en la guerra de Corea y trabajó en la Ford, y que tiene por mayor tesoro un Ford Gran Torino en condición prístina. Más aún: ese auto en particular fue parcialmente armado por él en la línea de montaje. Ambos (Walter y el Gran Torino) son vestigios de un tiempo ya pasado, olvidado, en que en el medio oeste norteamericano vivían gringos y no inmigrantes orientales, en que el ciudadano de a pie iba tranquilo y no vivía escondiéndose de las pandillas.

    grantorino

     Toda la película gira en torno al Gran Torino y en torno a lo que eran los USA. Lo que eran. O lo que creían ser. Porque así como Kowalski reniega de sus nuevos vecinos orientales, el a su vez es un descendiente polaco, su peluquero es italiano, y así. Al final, los USA no son sino un crisol de inmigrantes. Siempre lo fueron y siempre lo serán. Como sea, Kowalski termina convirtiendo su mala onda en una suerte de adopción para con el adolescente oriental de la casa de al lado, llevándolo por el buen camino, guiándolo, como un mentor.

    Obviamente las cosas no pueden ser fáciles y el protagonista -no olvidemos que en otra vida fue Harry el Sucio- se ve obligado a repeler la violencia con más violencia. Rápidamente la cosa se le va de las manos y no queda otra alternativa más que una solución drástica y definitiva. Al final, lo que queda es el Gran Torino, alejándose por una carretera al costado del mar, y la sensación –una vez más- de que el viejo Eastwood es uno de los grandes. Un artista. Un dotado. Un cowboy que seguirá interpretando una y otra vez el mismo papel, en distintos contextos y con distintos acompañantes, pero siempre mostrando ese lado heróico que tanto gusta al yanqui promedio.

    Gran Torino se estrenó en los cines locales el pasado jueves. Vayan y véanla. Aprovechen. Es de las últimas (si no la última) oportunidades de ver una película de Eastwood mientras el viejo está vivo. (Al terminar la película no puede dejar de recordar otra joya eastwoodiana –perdón por la palabreja-, claro que de hace ya unos diez años: Space Cowboys).

    Deathproof

    La segunda no tiene nombre de auto, pero está llena de ellos: Deathproof.

    Dirigida por el enfant terrible de Hollywood, Quentin Tarantino, es una película que nació como una humorada junto a su partner Robert Rodriguez (y que debe verse acompañada de otra cinta dirigida por este último, Planet Terror, ambas con el rótulo a Grindhouse feature).

    Como buena película tarantinesca, la historia está llena de diálogos largos y bien estructurados, pletóricos de citas a la cultura pop. Como sea, acá el protagonista –si se le puede llamar así- es Stunt Mike (Kurt Russell). Un tipo que maneja un Chevy Nova negro con una calavera pintada en el capot, que más que un auto es un arma mortal… o quizás al revés. En estricto rigor, es un auto a prueba de muerte. Un auto completamente reforzado de modo que su ocupante pueda salir ileso de cualquier accidente.

    Stunt Mike es un psicótico que elige a sus presas con detención. La primera mitad de la película es una sorpresa. La historia va por otro lado, las tres amigas, un contrato de cine, una casa en el lago, hasta que repentinamente Tarantino muestra lo que quiere mostrar. Triste final para las víctimas. Claro que –y acá es donde los yanquis muestran una vez más cómo aman a sus autos- las pobres andaban en un compacto japonés. Y así les fue.

    Dieciocho meses más tarde, Stunt Mike ya tiene elegidos sus nuevos objetivos. La segunda mitad de la película todo está más claro: ya sabemos lo que el “protagonista” quiere, conocemos su modus operandi, sólo nos falta ver cómo y cuándo despachará a las muchachas. ¿Si? No. Craso error. Estas chicas no andan en un japonés compacto. Andan en un Dodge Charger. Y no solo eso, sino que además saben conducir. Para hacer corta una historia larga, presentarán pelea. Homenajeando todas y cada una de las películas de persecuciones automotrices de los ’70 (Vanishing Point, Bullit, etc.). En la carretera, la acción no descansa

    Tarantino sabe entretener. Y, mientras llega Unglorious Basterds, esta Deathproof es entretención sangrienta, disponible en todos los buenos videoclubes de barrio (ya que estamos: otra buena de persecuciones automovilísticas es Ronin, de John Frankeinheimer). Como decía al principio: dos películas absolutamente disímiles, pero con un elemento en común: el amor que los yanquis tienen por sus autos. Dos escuelas de cine. Una sobria, otra sangrienta. Dos historias. Una humana, la otra salvaje. Pero al fin y al cabo, Chevrolet, Ford, Dodge. Y los hombres y mujeres que los conducen. Que Obama salve a Detroit. Si no por las razones económicas, por su lugar en la cultura pop.

    3/9/2009

    Watchmen

    Y… finalmente logré ver Watchmen en la gran pantalla.  Finalmente no porque me haya costado encontrar entradas para el cine o hacerme el tiempo. No. Finalmente porque empecé a querer ver esta película hace unos… diecisiete años.

     

    Si bien Watchmen se publicó originalmente en los USA por allá por 1986, yo tomé razón de su existencia en el lejano año de 1992. En esos momentos yo estaba reactivando mi afición comiquera (que databa de la infancia, protagonizada por las ediciones Novaro) y alimentándola con los únicos elementos disponibles: los cómics de la argentina editorial Perfil y los de la española Zinco. En ambas ediciones hasta el último espacio era aprovechado en secciones de información y de correos con el público. Y, en los españoles, ya le rendían pleitesía a Watchmen (de hecho la habían publicado en español en 12 números) y con cierta frecuencia aparecían notas sobre la versión cinematográfica que, en ese entonces, preparaba Terry Gilliam (Brazil, 12 Monkeys). Al tiempo después, en una de esas mismas notas, se anunciaría que Gilliam se descartaba del proyecto, no sin antes declarar que semejante historia no era viable en la gran pantalla. Todo lo anterior no hacía sino aumentar mis ganas de leer esta historia, cosa por ese entonces imposible dado que simplemente no existía en el mercado local.

     

    Si había disfrutado la genialidad de Alan Moore, con dos historias de Batman: Killing Joke, dibujada por Brian Bolland, y Mortal Clay, con arte de George Freeman. Dos relatos relativamente cortos que dejaban en claro que el barbón era un super clase. Pero de Watchmen, o de cualquier obra más “larga”, nada. Finalmente logré hacerme con V from Vendetta (con arte de David Lloyd): oscura, opresiva, anárquica, liberadora. Si esta era la reinterpretación de Moore del mundo político… ¿cómo sería su idea de los superhéroes?

     

    Avance rápido a fines de 1995. Cortesía de un dato de Rolando, la naciente internet, mi tarjeta de crédito y Correos de Chile, recibo en mi casa un sobre proveniente de los USA. ¿El contenido? Dos novelas gráficas: Hulk Future Imperfect (de Peter David y George Pérez) y… Watchmen.

     

    Por fin. La leí, casi de una sentada. Buena. Pero –en mi modesta opinión- página por página, el Dark Knight Returns de Frank Miller es mejor. Quiero decir… Watchmen es buena, excelente, atrapante, entretenida, con muchas vueltas de tuerca… pero también es demasiado pesada. Exige una lectura atenta, mucho ojo con los detalles, y varias relecturas para mostrarse en su total magnitud (eso, y leer una serie de anotaciones de los entendidos en la materia, revisando/explicando/exponiendo las simetrías de página y otros elementos de la composición gráfica que –al menos para mí- no son evidentes de buenas a primeras.

     

    Desde entonces, la he leído y vuelto a leer unas diez veces. No diré que me la sé de memoria, pero si puedo recitar algunas líneas y explicar someramente el argumento. Y eso debería ser todo lo que podría decir de Watchmen de no ser por Zack Snyder.

     

    Aparecido en 2007 con su prácticamente literal adaptación al cine de la novela gráfica 300 de Frank Miller, el año pasado anunció a los cuatro vientos que llevaría al mismo formato Watchmen. Al principio la incredulidad corrió por hectolitros. Ningún fanático del cómic creía que Snyder pudiera llegar a buen puerto con su empresa. Cuando se anunció el reparto, las cosas no mejoraron (claro que cuando vi Little Children y la manera en que Jackie Earle Haley interpretaba a un abusador de niños me quedó claro que sería un perfecto Rorschach). Hasta que comenzaron a aparecer los teasers y trailers y las fotos de producción. Y quedó claro que la adaptación era literalmente literal. Al detalle. Al punto. Riesgoso… pero posible.

     

    Y… finalmente logré ver Watchmen en la gran pantalla.  El jueves pasado, en la sala 1 del Hoyts San Agustín. ¿Puntos a favor? Se deja ver, es entretenida, está bien compuesta, no exige conocimiento previo del género o de la historia, tiene buenos efectos, buen sonido, buena música, altera la historia lo justo y necesario para permitir comprenderla, e introduce elementos de la cultura pop yanqui no presentes en la historia original.

     

    Más aún: Nite Owl en el cine es diez mil veces más cool que en la novela gráfica. Las líneas de Rorschach (sobre todo en la cárcel) sacan aplausos y risas de la concurrencia. Los secundarios no incluidos en la película para llevarla a una extensión razonable aparecen al final a modo de compensación. La estructura del cómic se respeta fielmente, incluso a nivel de composición de planos, al menos durante la primera hora. Los trozos de la historia que se evitan (Tales of the Black Freighter, el destino de Hollis Mason) no le restan potencia a la historia. Y así podría seguir enumerando puntos a favor.

     

    Pero Watchmen no es perfecta. Y no lo es simplemente por una tontería. Bueno, por dos (en mi opinión, al menos). Tontería número 1: la Sally Jupiter actual… no representa 60 años. Ni con flecos. Cero posibilidad. Y no es un tema de maquillaje: es un tema de rango expresivo de la mina que la interpreta. La mamá de Marty McFly (¿se acuerdan?) tenía 18 y 48 años en la misma película… y era totalmente convincente. Más allá del maquillaje, se movía/comportaba/hablaba como una mujer de la edad que representaba. Asimismo, The Comedian se ve bien en los Minutemen, en Vietnam, en los ’70… pero de viejo tampoco convence. Tontería número 2: si se quiere dar el efecto esperado a la escena final (tal y como en el cómic), ¿no debería contextualizarse un poco qué es The New Frontiersman? ¿O estoy tremendamente equivocado? Digo, porque si la idea es sembrar dudas sobre lo que viene después…

     

    No me interpreten mal. Son errores menores, completamente perdonables. Simplemente impiden que esta película sea una adaptación perfecta, como lo fue la de Lord of the Rings (ok, ok, tampoco lo fue: ¡las tres películas fueron muy cortas!).

     

    En resumen, vayan a ver Watchmen, tanto si leyeron el cómic como si no lo conocen ni en pelea de perros. Y disfrútenla.

    1/24/2009

    Una pérdida

    Acabo de caer en cuenta de que en el verano escribo más obituarios o notas recordando personas que han dejado el mundo de los vivos que durante el resto del año. Sólo el verano pasado desaparecieron el escritor de cómics Steve Gerber, el ex-campeón del mundo de ajedrez Bobby Fischer, el actor Heath Ledger y el también actor -y comediante- George Carlin. Todos tipos famosos, cercanos a través de su historia y su trabajo, pero lejanos en un plano personal. Muertes que uno lamenta desde la historia contemporánea, desde el arte, desde los cómics, desde la irreverencia. Muertes lamentables, pero al fin y al cabo lejanas.

    El lunes de la semana que termina me enteré, a través de facebook, de la primera desaparición significativa de este año. Y en este caso tampoco es una muerte cercana (nadie, digamos, de mi círculo directo de amigos y conocidos), pero es una muerte muchísimo más cercana que los casos antes mencionados: Marcelo Dragas.

    Conocí a Marcelo hará cosa de unos veinte años, en el movimiento EJE de Quilpué (si, sorprendentemente, en mi adolescencia participé de un grupo de iglesia). Las circunstancias en las que lo conocí fueron bastante... atípicas. Apareció como el pololo de una niña que a mí me gustaba. Y él sabía de esta situación. Quizás la mejor manera de retratarlo sería diciendo que, ya en ese entonces, tenía la generosidad y la madurez necesarias para no ser pesado conmigo... pudiendo haberlo sido, dado que sabía que a mí me gustaba/había gustado su polola. Pero no. Marcelo era especial. Un buen tipo. Siempre de buen ánimo, con una sonrisa, y -como ya dije- generoso. Al poco tiempo entré a la universidad y, con la excusa del poco tiempo disponible (para no tener que detallar de que estaba chato de las humanas conductas de los líderes del espiritual grupo-, dejé de participar, pero no sin antes invitar a EJE a una amiga, Yanella, que llevaba meses hinchándome para ello.

    Pasaron los años y no volví a saber de Marcelo ni de Yanella, ni de nadie más del EJE. Me vine a Santiago. Comencé una nueva vida. Hasta que este año, cortesía de facebook, me encontré con Yanella. Diseñadora, madre de dos hijos, casada ni más ni menos que con... Marcelo. Tal cual. Las vueltas que tiene la vida. Lo que para uno puede ser una anécdota irrelevante, puede afectar completamente la vida de otra persona (tal como una decisión aparentemente intrascendente, como tomar un avión a una hora distinta que la acostumbrada o pasar por un café, puede afectar la propia vida en maneras insospechadas). Ambos diseñadores gráficos, ella dedicada a criar los hijos, él trabajando en algo fuera de su profesión. Hablamos un par de veces con Yanella, vimos de que nos echara una mano con los diseños de un emprendimiento que estaba comenzando en ese momento con un amigo (y que ha avanzado bien poco, la verdad), y desde entonces compartimos un par de mensajes de vez en cuando en el chat de facebook.

    Hasta que el lunes en (nuevamente) facebook, me aparece que una ex-compañera de curso se incorporó al grupo yo conocí a Marcelo Dragas. Claramente tenía que ser un error de redacción. Entré al grupo. No era un error. Efectivamente... había un grupo para recordar al desaparecido Marcelo. Un rápido googleo y los hechos de la causa: trabajando como instalador de cable, el poste en el que estaba encaramado -con todas las medidas de seguridad- cedió y se le cayó encima. No me alcanzo a imaginar el impacto, la situación, todo, para Yanella. Recuerdo que la muerte de Rolando, hace ya más de siete años, nos impactó duramente... y eso que la esperamos durante varias semanas. Y Rolando no tenía hijos.

    La vida es frágil, y a veces, muy breve. Al menos Marcelo la supo vivir bien, como un buen tipo. Me habría gustado tener la oportunidad de compartir con él ahora de adulto, de haberle dado las gracias por la manera en que se comportó conmigo en aquél entonces. Ya no fue. Me quedo con el recuerdo de haber conocido a una persona que ya era una gran persona cuando aún era un adolescente. Me quedo con la certeza de que fue inmediatamente recibido en un lugar mejor. Y me quedo con la seguridad de que, desde allá, seguirá cuidando de Yanella y de sus hijos.

    Un abrazo a la distancia, Marcelo. Por acá se te recuerda con cariño.

    1/1/2009

    Resumen del 2008

    Y se fue el 2008. Tal cual. Otro período de 365 días terminado. Y, como corresponde, va mi evaluación/resumen de lo mejor y lo peor…

     

    En lo profesional, inmejorable: me he pasado los últimos siete meses por distintos lugares de Latinoamérica como parte del equipo global de transformación de un gigante informático. Mi día está lleno de conference calls con personas en lugares tan remotos como Bratislava y Eslovaquia, he hecho amigos en distintas latitudes, comparto espacio físico con un equipo de profesionales de primera línea –tanto en lo humano como en lo técnico-, tengo mi jefe en Brasil, y lo único que quiero es que este proyecto concluya en un éxito para luego poder participar en otros. Así de simple. Quizás suene a lugar común, pero para mí este es el trabajo soñado. Digamos que si pudiera pedir que inventaran un trabajo para mí… pediría algo muy, pero que muy similar a éste.

     

    En lo personal, inmejorable también: finalmente pude cerrar un tema largo –demasiado- y complejo, que me estaba dañando y quitando energía. Aprendí muchísimo: un poco respecto a lo poco que uno conoce a alguna gente que cree conocer muy bien, pero mucho más respecto de la gente a la que tengo cerca y que estuvo conmigo. Y, encima, el año cerró con excelentes perspectivas personales para lo que viene, que aparecieron de la forma menos esperada…

                      

    A nivel de pasatiempos, dos grandes logros: la publicación de tres artículos en la (ahora difunta) revista local CeroUno, y mi participación en el evento anual del aniversario de Superman organizado por DailyPlanet.cl.

     

    Y, en lo que es cultura de consumo, mi resumen del año es:

     

    Cine

    Lo mejor: Iron Man

    Definitivamente Robert Downey Jr. se sacó los zapatos con su interpretación del playboy Tony Stark y de Iron Man. Una película pareja, entretenida, excelentemente lograda, que abre el apetito para Iron Man 2… y para la peli de los Avengers! (y encima la vi gratis en Avant Premiere!)

     

    Runner-Up: The Dark Knight

    Si, Heath Ledger encarnó un payaso terrorífico a la perfección… pero la película es treinta minutos muy larga, y –a ratos- demasiado imposible (incluso para alguien que está dispuesto a creer que un millonario se va a disfrazar de quiróptero y a perseguir malhechores por las noches).

     

    Decepción: La Buena Vida

    Andrés Wood venía andando firme con su producción. Tanto, que ni siquiera me preocupé de saber de qué iba su última película. ¿De qué iba? De nada. Tres historias sin conexión aparente, buses del Transantiago, y poco más.

     

    Lo que espero para el 2009: como pocas veces, no tengo mayor anticipación para este año a nivel de películas no aptas para todo público. Lo único, ver qué tan mal queda la adaptación de JJ Abrams para Star Trek.

     

    Cine Todo Espectador

    Lo mejor: Wall-E

    La última Pixar superó todo lo anterior, con ventaja. El pequeño robot compactador de basura demostró más capacidad histriónica que varios que van de actores por la vida. Y la despiadada crítica al actual modo de vida occidental no puede haber dejado a nadie indiferente.

     

    Runner-Up: Kung Fu Panda

    Dreamworks Animation no se quedó a la zaga. No sólo sacó dos largos este año (éste y Madagascar 2), sino que además le alcanzó para hacer una película entretenida, chistosa, y con mensaje. Al final, lo importante está dentro de ti.

     

    Decepción: HSM3

    Lo peor que me tocó ver este año en gran pantalla, orientado al público infantil, fue High School Musical 3. Cero argumento, latera, ningún desarrollo nuevo para los personajes… el lado comercial de Disney al ataque.

     

    Lo que espero para el 2009: en dos palabras, Bolt y Up! (ambas de Disney).

     

    TV

    Lo mejor: The IT Crowd

    Esta serie británica sobre Roy y Moss, dos técnicos de soporte, eternamente relegados al sótano de su compañía, y su nueva jefa (que no tiene la más mínima idea sobre informática), pasó rápidamente a ser mi favorita. Solo los ingleses podrían retratar tan bien los vicios de ese pequeño mundo. Advertencia: el coeficiente de identificación para cualquiera que haya trabajado en soporte puede ser demasiado alto!

     

    Runner-Up: Big Bang Theory

    Increíblemente los guionistas de esta serie fueron capaces de conservar el interés de la primera temporada, pese a la solución de “el” conflicto principal. Moviendo la atención hacia los personajes “secundarios”, y enfrentando nuevas situaciones, esto puede seguir muchísimo tiempo.

     

    Segundo Runner-Up: How I Met Your Mother

    Si uno deja pasar el hecho de que esta serie debería tender a aclarar quién demonios es la madre de los hijos futuros de Ted, y se concentra solamente en las aventuras (y desventuras) de estos seis amigos, HIMYM no tiene desperdicio. En lo que va de la cuarta temporada, es un gustazo.

     

    Decepción: en blanco.

    Simplemente, este año no vi TV que no me gustara. Punto.

     

    Lo que espero para el 2009:

    Que la calidad de las series que estoy siguiendo se mantenga… y que algún día sepamos quién es la mamá de los hijos de Ted!

     

    Libros – Ficción

    Lo mejor: Anansi Boys, de Neil Gaiman

    Gaiman, creador de Sandman, se luce con esta novela escrita en tono humorístico, en el que el hijo de un dios antiguo tiene que conocer y enfrentar su origen, su supuesto hermano, y su enemigo natural, todo en el contexto… de que es un simple oficinista británico.

     

    Runner-Up: The Yiddish Policemen Union, de Michael Chabon

    Chabon es un artista. Calificado por muchos como la última maravilla de la narrativa norteamericana, su última novela (sobre un asesinato en el ficticio asentamiento judío de Alaska) se comienza a desarrollar aparentemente sin dirección clara, hasta que –repentinamente- todas las piezas calzan, y la historia atrapa y no suelta hasta el final. Soberbio.

     

    Decepción: Slam, de Nick Hornby

    Hornby, uno de mis autores favoritos (y de quién leí este año el buenísimo All The Way Down), se quedó corto con esta novela sobre un skater que se enamora y tiene un hijo. Difícilmente una novela en la que la voz de la sabiduría viene de Tony Hawk podrá ser buena…

     

    Lo que espero para el 2009:

    Leer los nuevos autores chilenos de ficción, y sorprenderme gratamente. Le tengo hartas ganas a Synco, de Baradit.

     

    Libros – No Ficción

    Lo mejor: Guinness World Records Games 2008, del Equipo Guinness

    El Guinness. De los Video Juegos. ¿Se puede pedir más?

     

    Runner-Up: El Fabuloso Libro de las Leyendas Urbanas, de Jan Harold Brunvand

    Un compendio de casi setecientas páginas con lo mejor de las leyendas urbanas contemporáneas, desde los cocodrilos en las alcantarillas de New York a los ladrones de riñones, con distintas versiones, variaciones, y un seguimiento histórico.

     

    Decepción: La Vida Deshilachada, de Francisco Mouat

    Mouat, autor de un par de joyas previas (Chilenos de Raza y Crónicas Ociosas) abusó de sus logros y se mandó un libro compilación de sus escritos para la revista El Sábado. No es que esté mal… pero un poco de sabor extra no habría estado de más. Un montón de crónicas de dos páginas dejan con gusto a poco.

     

    Lo que espero para el 2009:

    Uno de mis objetivos personales es terminar mi propio libro de No-Ficción… y verlo publicado!

     

    Cómics – Serie

    Lo mejor: All Star Superman, de Grant Morrison y Frank Quitely

    ¡El único repetido! Al cerrar el 2007, y al cerrar el 2008, ¡la mejor serie de cómics fue esta! Lamentablemente, ya se acabó… pero con maestría. Cada número es un tratado sobre “cómo escribir a Superman”.

     

    Runner-Up: World War Hulk, de Greg Pak, Gary Frak y John Romita Jr.

    La continuación de Planet Hulk. El gigantón verde está cabreado, y con razón. Y esta vez el origen de su furia tiene nombres: Mr. Fantastic, Black Bolt, Charles Xavier, Stephen Strange,  y Tony Stark. Y no se va a andar con chicas para desquitarse.

     

    Decepción: Final Crisis, de Grant Morrison y varios

    Tenía buena pinta… pero me parece que el villano salió de la nada, que la matanza de héroes no tiene ninguna justificación, y –encima- ¡cada dos por tres aparece OTRA revista adicional que comprar!

     

    Lo que espero para el 2009:

    Por fin un BUEN título de Superman dentro de la continuidad. ¿Es mucho pedir?

     

    Categoría especial: ¡Lugar!

    Producto de los distintos acontecimientos del 2008, no me queda otra que seleccionar, por esta única oportunidad, como lugar del año a los Starbucks Coffe. Los locales de Callao, Agustinas al 1100, y Parque Arauco fueron testigos de reuniones con amigos, gestos de cariño, y conversaciones duras a lo largo del año. Y, hacia el final, en el local del Aeropuerto conocí a un angelito... Así las cosas, no hay opción posible: Starbucks Coffee fue el lugar del 2008.

    11/28/2008

    Las pequeñas grandes cosas

    El miércoles, por razones que van más allá de esta nota (y que, quizás algún día, pondré por escrito), sufrí un golpe emocional. Estando solo en un país extraño. Sin amigos, sin nadie a quien recurrir, en quién buscar apoyo. Una experiencia límite desde el punto de vista de los sentimientos. En casa, están los amigos, la contención, las cervezas compartidas, echar puteadas, por último volver a ver una película. Abrazos, palmoteos, un "va a pasar". Lejos de casa no hay nadie. A lo más una línea telefónica, un chat, un email.
     
    Ayer, la situación mejoró y empeoró a la vez. Mejoró, porque al día siguiente lo malo ya no parece tan malo y el dolor comienza a pasar. Empeoró porque, al buscar apoyo remoto de mis amigos lejanos, empezaron a aparecer más detalles, la verdad en su conjunto comenzó a revelarse, y el golpe emocional del día anterior dejó de ser tal para pasar a ser una sucesión de golpes que recibí, sin darme cuenta, durante los últimos ocho meses.
     
    El día terminó. Volé a Lima. Llegué a mi hotel, fui a tomar unas cervezas en un local fuera del Parque Kennedy en Miraflores, regresé a mi hotel y dormí.
     
    Hoy, bajé a tomar desayuno. Una de las cosas buenas de la vida de hotel es el desayuno buffet. Una de las cosas malas de la vida de hotel es el tomar desayuno solo. En términos generales, en un día promedio, no me afecta en lo más mínimo. Es parte de mi rutina y ya. Pero hoy, la verdad, no tenía ganas de tomar desayuno sin compañía. Como sea, elegí una mesa para dos (no hay mesas unitarias), tomé la servilleta y la dispuse de modo tal que quedara claro que esa mesa ya estaba ocupada. Fui por mi vaso de jugo de naranjas. Lo dejé en la mesa. Fui por mis cereales con yoghurt. Volví a mi mesa. Y, en el puesto frente al mío, estaba sentado un viejito. Mientras el mozo le explicaba que la mesa estaba ya ocupada. El caballero comenzó a pararse, deshaciéndose en disculpas, a lo que le dije que no importaba, y que evidentemente preferiría compartir mi desayuno con él en vez de tomar desayuno solo. El señor en cuestión dió las gracias, nos presentamos, y comenzamos a conversar un desayuno.
     
    El señor en cuestión era de Estonia, jubilado, biólogo, paseando por sudamérica. Lo que siguió fue una charla entretenida sobre un montón de temas, amenizada con café con leche, croissants, fruta... Así, lo que iba a ser un desayuno triste y solo, terminó siendo una interesante conversación con este caballero, delgado, de pelo cano, ojos claros y anteojos que, en cierta manera, me evocó al personaje de George Burns en Oh, God! Cuento corto, este señor me acompañó en un momento del camino. Me ayudó con la carga. Me distrajo, si se quiere.
     
    Volví a mi habitación. Una amiga con la que no hablo hace tiempo estaba saludándome en el chat. A pito de nada. Extraño.
     
    Tomé mis cosas, salí del hotel, llegué a las oficinas de la empresa para la que trabajo en Lima. Al rato, una celebración. Cumpleaños. Recibiendo el saludo de los colegas que ya he conocido en esta oficina. Como para no pensar en problemas.
     
    Vuelvo a mi puesto de trabajo. Otro amigo hablándome por el chat de facebook. Uno que nunca habla. Hoy habló. Echando la talla. Pero, quizás, intuyendo algo.
     
    En definitiva, cuatro pequeñas cosas que hoy me recuerdan que nunca estamos solos. Que en todo momento Dios está velando por nosotros. Quizás no en persona, pero sí a través de las demás personas con las que compartimos este mundo. Que en ningún caso las cosas son tan malas como parecen.
    11/25/2008

    Un casi-no-despegue

    De un tiempo a esta parte, los aeropuertos y los aviones se han convertido en elementos recurrentes en mi vida laboral. A estas alturas del año, ya me he subido (y bajado) de 19 aviones, tengo acumulada una buena cantidad de millas, y la cosa no tiene pinta de detenerse.
     
    Así las cosas, ya tengo armada mi rutina: prechequear, llegar al aeropuerto con la debida anticipación, dejar el bolso, pasar por policía internacional, comer algo, irme a la sala de embarque, conectarme a internet, revisar correos, apagar el computador, ponerme a la fila, subirme al avión, agarrar mi librito, comer lo que sea que sirvan (sea un plato propiamente tal o el bastante exiguo esná -no snack, esná, conjunción de las palabras es y nada-, volver a mi librito, agarrar mis cosas, bajarme, ir a internación, por mi maleta, a aduana, tomar el taxi respectivo y llegar a destino. Todo lo anterior, casi sin mirar por la ventana. Casi sin tomar en consideración lo que está pasando (sobre todo si el libro es bueno).
     
    Ayer, mientras estaba leyendo mi librito (Freakonomics, de Levitt y Dubner) y el avión aceleraba por la pista para despegar en Santiago con rumbo a Lima, repentinamente el piloto aplicó los frenos.
     
    Bruscamente. No sé qué velocidad alcanza un avión durante el despegue, ni qué porcentaje de la pista ya habíamos avanzado, pero la frenada se sintió fuerte. Ya íbamos rápio-rápido (yo diría que a punto de despegar), cuando se escuchó el rugido de los motores y se sintió la sacudida de la desaceleración. Más fuerte que en los típicos aterrizajes en pista chica de pueblo idem. Peor aún: en los aterrizajes uno está esperando el sacudón del freno. Yo en este caso iba sentado leyendo en estado de total relajo. Obviamente mi libro pasó a segundo plano instantáneamente. Y empezaron a volar en mi cabecita las tesis de cuál sería el problema y qué pasaría.
     
    Sabiendo que los momentos más críticos del vuelo son el despegue y el aterrizaje, no era muy difícil que el asunto pasara a mayores. Afortunadamente el avión logró detenerse dentro de los márgenes de seguridad y vovler carreteando al edificio del aeropuerto. Después de unos minutos, el piloto explicó que en pleno despegue se les había encendido una alarma así que optaron por abortar. Buena cosa. Si el avión iba a tener un problema, mejor que fuera en tierra y no a no sé cuántos metros de altura. Tras unos veinte minutos, se nos hizo bajar del avión y abordar otro de reemplazo. Cuento corto, salimos dos horas después de lo programado. Cuento largo, perdí mi conexión en Lima. Así que ahora estoy, por cortesía de Lan, hospedado en el Ramada del Aeropuerto de Lima. Otro lápiz de hotel más para la colección.
     
    Ni modo. Más vale perder una conexión que algo más importante. Al fin y al cabo, igual voy a llegar a Arequipa. Horas más, horas menos, da lo mismo. Afortunadamente, los ágiles de Lan son bastante competentes y preocupados. Incluso al llegar a Lima me estaban esperando y todo.
     
    En resumen, una anécdota más que agregar a los viajes del año. Algo que no pasó a mayores. Con su cuota de susto en el momento, pero -afortunadamente- nada más.
    11/17/2008

    Junta

    Hace algunos días compré el último libro de Francisco Mouat (autor, entre otros títulos, de Chilenos de Raza y de Crónicas Ociosas, y quien, junto con Juan Pablo Meneses y Sergio Paz, es de los más destacados exponentes de lo que yo llamo la crónica urbana contemporánea): La Vida Deshilachada.

    Este conjunto de breves notas publicadas por Mouat en la Revista Sábado de El Mercurio cubre una variedad de tópicos y situaciones. Como de costumbre, está bien escrito, y deja en claro que el autor es un tipo que siente lo que escribe. Como quien dice, le pone corazón a sus letras. Pero el objetivo de este post no es hacer crítica literaria ni mucho menos: hay personas mucho mejor preparadas que yo para reseñar La Vida Deshilachada (pero si les gusta el periodismo en primera persona, capaz de mostrar algunas pinceladas de lo que es nuestra sociedad actual, y bien escrito, no puedo dejar de decir: vayan y cómprenlo).

    Como sea, en la página 225 del volumen aparece una crónica titulada Libro de Clases. En ese artículo, Mouat repasa algunos recuerdos de su época escolar, una novela de Vargas Llosa (Los Cachorros),  y la sana costumbre del curso de su padre de reunirse sagradamente todos los años.

    Como alguien muy sabio dijo por ahí, todo fluye. Leí ese relato el día jueves pasado, justo a tiempo para asistir a mi primera reunión con mis ex compañeros de colegio. La primera en veinte años. En el pasado se hicieron otras, pero por diversas razones no pude asistir, o simplemente ni siquiera me enteré. Planificada para el sábado, a través de facebook, en la parcela de una compañera en las afueras de la ciudad en que crecí.

    En veinte años he mantenido contacto ocasional con un par de compañeros del colegio. Algunos llamados telefónicos, emails, incluso un café de vez en cuando con uno, o ir a conocer el bebé recién nacido de otra. Pero nada más. Del grueso del grupo, nada. Encontrarse con alguno casualmente en una vereda de Santiago o en un Mall, pero nada más.

    La verdad sea dicha, mi relación con mi curso no era de las mejores, lo cual es fácilmente entendible. Durante mis años de estudio jamás me caractericé por mi simpatía personal, mi empatía o mi solidaridad académica. Ahora, más viejo, he aprendido a ser empático, y a maquillar un poco las cosas antes de decirlas… pero a los 16 años era un pendejo de mierda que decía las cosas tal y como las pensaba en ese entonces, sin ninguna clase de consideración ni filtro. Todas verdades absolutas para ese entonces. En fin. Por algo se llama adolescencia. Y yo adolecía de criterio.

    Así las cosas, el sábado iba en un bus rumbo a mi pueblo para volver a encontrar, por vez primera, a varias personas con las que compartí un período importante de mi vida. Mis expectativas, para ser honesto, no eran de las mejores: cuando más aspiraba a tener un buen rato de conversación con los dos o tres más cercanos, copuchar un rato con el resto, y retirarme a una hora prudente.

    Pero, como ya dije, todo fluye.

    Poco a poco comenzaron a llegar los ex–compañeros y ex-compañeras. Los abrazos y los apretones de manos dieron paso a las cervezas, la comilona bien regada y el desfile de anécdotas de esos años, matizadas con las actualizaciones al presente: matrimonios, hijos, separaciones, viajes, trabajos y todos esos resúmenes en los que uno puede sintetizar lo que ha vivido. Obviamente, complementado con la calidez de la noticia inmediata: el embarazo vigente, el matrimonio reciente…

    Todo escuchado con honesta atención. Con risas sinceras, con más abrazos, y con más conversación. Al cabo de unas horas ya había tenido oportunidad de hablar prácticamente con todos, y me sentía en paz conmigo mismo: de alguna manera, toda la pesadez que yo tuve para con ellos en esos años se iba –lenta pero inexorablemente- diluyendo. Mal que mal son veinte años, y yo hoy por hoy soy otra persona, con otros defectos (o quizás con los mismos, pero más controlados).

    La junta siguió su camino. Las tallas siguieron, las fotos de rigor, seguimos comiendo (y tomando), algunos empezaron a hablar más estropajosamente que de costumbre, escuchamos música de esos años –que a su vez trajo aún más recuerdos-, y yo a cada momento me sentía más emocionalmente recargado. No tengo una explicación racional, ni argumentos que lo justifiquen, pero me sentí bien en ese grupo. Por primera vez, veinte años después, me sentí parte de. Raya para la suma: saldo completamente positivo. Una tarde de sábado excelentemente bien invertida.

    Todo fluye. La vida te va llevando, y te da las oportunidades para ir corrigiendo. En este caso, todo fluyó. Por lo que dijo uno de los ex–compañeros al momento de irse, yo figuré como co-autor intelectual de la junta. Enhorabuena. Pero el mayor mérito es de quien puso la casa y de quien recaudó los fondos e hizo las compras (los nombres no serán revelados para proteger a los inocentes). Yo solo comenté en facebook que deberíamos juntarnos en tal fecha. Y nada más. Pero como una cosa lleva a la otra…

    Yo… doy las gracias. A los que fueron. A aquellos con los que tuve la oportunidad de conversar. A quienes hablaron desde el corazón, desde la empatía, desde el cariño. No tengo palabras para expresar lo bien que me sentí en esta compañía, lo bien que me hizo el compartir esas pocas horas. Espero que volvamos a reunirnos. Espero tener la oportunidad de volver a disfrutar de un tiempo con este grupo. Espero volver a ver a varios antes de veinte años. Antes de un año. Antes de un mes. Almuerzos, happy hours, cafés (con o sin piernas), la excusa que sea. Total, todo fluye.

    ¿Y la vuelta a Santiago? Ese trayecto da para otro posteo. Pero en otra categoría. Quizás algún día. Si me recupero de la impresión. DSCN0572
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    "Imbécil"

    (También podría titularse “Inteligencia Práctica 3”, pero no es estrictamente el caso…)

    Ayer tomé, una vez más, el Transantiago para ir a ver a mis hijos. Consciente de que tomar la 409 en Rosas con San Martín a las 10 de la mañana de un domingo es una tarea imposible (dado que, pese a que es el primer paradero del recorrido, pasa absolutamente llena y ni siquiera se detiene), me encaminé al punto de inicio del recorrido, a un costado del río Mapocho, a la altura de calle San Antonio.

    Llegué, me puse a la larga fila, y al cabo de unos minutos llegó el bus. Nuevo (no enchulado) pero corto. No un bus doble (oruga) sino un típico bus con capacidad para, digamos, 50 personas incómodamente apretujadas. Yo estaba más o menos en el lugar 20 de la fila, así que no alcancé asiento pero quedé de pie en un lugar relativamente confortable.

    Finalmente el bus se llenó y comenzó su recorrido. Al pasar por Rosas con San Martín –obviamente- no paró, para notorio descontento de los (muchos) pasajeros allí reunidos. Tampoco paró en Manuel Rodriguez con San Pablo. El bus siguió su camino, se metió en la Costanera Norte y avanzó raudo por la vía subterránea, dejando atrás el centro para emerger a los pies de la Torre Santa María.

    En Santa María, a la altura de Nueva de Lyon, se detuvo para dejar un pasajero que había tocado oportunamente el timbre. La gente ahí agrupada aprovechó la instancia y se subió, como pudo, por la puerta del medio del bus, obviamente sin pasar sus tarjetas Bip! por los lectores, es decir, viajando gratis.

    El bus siguió su camino y se detuvo en el Parque Arauco, donde aproximadamente el 50% de los pasajeros hicieron abandono. Unos doscientos metros antes del siguiente paradero (pasado el Hotel Marriott) un petiso, de los que se había subido sin pagar, tocó el timbre. No me resistí a preguntarle si para él la comodidad del viaje era un factor relevante. Me respondió que sí, que para él el viajar cómodo era importante.

    El petiso me preguntó el por qué de mi consulta.

    (Aquí tengo que hacer una pausa, y explicar un punto según yo lo entiendo (si algún lector la tiene más clara y quiere corregirme, por favor que lo haga). Al pasar la tarjeta Bip! por el lector de cada bus no sólo se transfiere el importe del viaje a algún proceso que significará que un prudencial tiempo después la empresa operadora reciba el dinero. También se genera un registro del volumen de pasajeros usando ese recorrido particular a esa hora. Entonces, y –nuevamente según mi entendimiento- si en un bus van realmente 80 personas, pero sólo 30 han marcado, para el sistema van 30, y no hay ninguna necesidad de poner un bus más grande o de aumentar la frecuencia, porque 30 pasajeros es un número más que razonable para un bus normal. Fin de la pausa).

    Le respondí que le preguntaba puesto que, al no marcar, el sistema no tenía cómo saber que en ese bus íbamos más pasajeros, y por lo tanto no existía ninguna posibilidad de un viaje cómodo.

    Su contrarrespuesta fue inmediata: es que si me subo por la puerta trasera no puedo marcar.

    Como yo estaba preparado para esa respuesta, le repliqué que, dado que en el Parque Arauco se había bajado un montón de gente, perfectamente él podría haberse desplazado hacia adelante y haber marcado.

    Ya sin argumentos, y dado que el bus se había detenido y abierto las puertas, se bajó, no sin antes lanzarme un “imbécil”.

    Su última palabra me dejó en claro dos cosas:

    Primero, la pobre capacidad de articulación que tiene la gente por estos días. No existe la capacidad de rebatir con argumentos. Directo a la ofensa.

    Segundo, que el Transantiago no va a mejorar nunca… no por culpa del Gobierno o de los Operadores, sino simplemente porque la gente, los usuarios, no lo permiten.

    Un dicho popular reza que cada país tiene el Gobierno que se merece.

    Yo lo extrapolo a que cada ciudad tiene el sistema de transporte que se merece.

    10/28/2008

    Sinclair

    Otro artículo huérfano de la CeroUno. El último que quedó.

    Sinclair: un apellido... que computaba.

    Para una gran mayoría de los mortales que pululan por nuestra larga y angosta faja de tierra, la palabra Sinclair no evoca nada.

     

    Para los cinéfilos, trae a la mente el nombre del escritor norteamericano Upton Sinclair (1878-1968), cuya novela Oil! fue exitosamente adaptada al cine el año pasado con el título There Will Be Blood (traducida como Petróleo Sangriento), ganando premios de la Academia y todo.

     

    Y para un pequeño grupo de personas, que hoy rondan entre los treinta y cinco y los cuarenta años y se reconocen como computines –y que probablemente forman parte de la fan-base de CeroUno-, Sinclair es sinónimo de una sola cosa: computadores. Y no computadores cualquiera. Sinclair es sinónimo de los primeros computadores que hubo en las casas de Chile. ¿No me creen? Entonces los invito a revisar su historia. La historia de los computadores Sinclair.

     

    Sinclair_ZX81

    10: 1982/1983

                   

    Pasados los embates más duros de la recesión de 1982, y con el dólar disparado a precios nunca vistos, los computadores estaban encerrados en las empresas y en las universidades. Aún eran máquinas del tamaño de un refrigerador (de los grandes), no estaban interconectados, y sus prestaciones eran inferiores a las de cualquier PDA. El PC recién daba sus primeros pasos, a precios inaccesibles para cualquier mortal. Así las cosas, la aparición de un primer computador para consumo doméstico-infanto-juvenil fue una verdadera revolución. ¿Su nombre? Sinclair ZX81.

     

    Este aparatito de origen inglés, de escasos veinte centímetros de ancho por veinte de largo y no más de tres de profundidad, se convirtió en el negro objeto del deseo tecnológico de unos cuantos (lo mismo que pasaría veinte años después con la PS2). Bastaba conectarlo a un enchufe y al televisor para creerse uno de los protagonistas de La Pandilla Computarizada (programa de TV gringo que daban en la época, que afortunadamente duró solo una temporada).

     

    Conteniendo en sus entrañas un procesador Nec Z80 que corría a 3.25 MHz, el ZX81 ofrecía 8 kilobytes (Kb)  de ROM y 1 Kb de RAM (si: 1024 caracteres. Esa era TODA la memoria accesible por el usuario), y una maravillosa resolución de 64x48 en blanco y negro. No generaba sonidos, y las teclas eran de membrana. Los programas se escribían ingresando línea de código por línea de código a través de una línea de comandos, y desde ahí se ejecutaban (o se revisaban de nuevo línea por línea hasta encontrar el error). El sistema operativo, como tal, prácticamente no existía. Solo un par de comandos. Y listo.

     

    Pese a lo limitado de sus capacidades técnicas, este aparatito traía de serie un primitivo intérprete BASIC (Sinclair BASIC) con el cual se podían escribir programas (el cual, convenientemente, tenía una palabra clave BASIC asociada a cada tecla: así, al apretar SHIFT+P, en pantalla aparecía PRINT), y tenía disponibles varios periféricos que lo hacían aún más interesante.

     

    El primer periférico era una expansión de memoria de 16 Kb (luego habrían expansiones de 32 y hasta 64 Kb), que se conectaba directamente en la parte trasera del computador. El mecanismo de conexión no era muy firme, por lo que no era infrecuente que la memoria se desconectara y todo el trabajo realizado se perdiera. También había una impresora de chispas (que quemaba el papel para imprimir). Y se podía conectar a cualquier cassettera para grabar los programas en una cinta común y corriente. O para cargar programas desde cintas (se vendían programas para Sinclair, en cassette… ¡en serio!).

     

    Con sus virtudes y defectos, este computador fue un éxito tecnológico y comercial, vendiendo más de un millón y medio de unidades sólo en Inglaterra. Su fabricación fue licenciada a distintos productores a lo largo y ancho del orbe. En los USA, Timex los comercializaba con la marca Timex-Sinclair, bajo el nombre TS1000 (que traía el doble de RAM que el original: 2 Kb). También hubo clones brasileños y argentinos.

     

    ts1500

    20: 1983/1984

     

    Mientras Sinclair trabajaba afanosamente para entregar al mundo su nueva creación, Timex-Sinclair liberó al mercado un modelo a mitad de camino entre ambos: el TS1500.

     

    Físicamente más grande que su antecesor, de color gris, y con teclas de goma, el TS1500 tenía las mismas características del ZX81, pero traía 16 Kb de RAM de fábrica. Conservaba el puerto de expansión atrás, por lo que la memoria se le podía aumentar considerablemente.

                                          

    Si bien el TS1500 fue un avance, no llegó a convertirse en un éxito de ventas. ¿La razón? El color. Aún era un minicomputador en blanco y negro, mientras que Sinclair ya tenía lista su nueva criatura: el ZX Spectrum.

     
    zxspectrum_48k

    30: 1984/1985

     

    Si bien liberada al mercado anglo en 1982, la nueva bestia negra de Sinclair no apareció por estos pagos sino hasta bien entrado 1984.

     

    El ZX Spectrum dejaba en claro desde su nombre y diseño externo que el blanco y negro había quedado atrás. Se venía la era del color. De apenas 23 centímetros de ancho por 14 de profundidad y 3 de alto, en menos de medio kilo era el minicomputador soñado por todos.

     

    Mejorado con una CPU Zilog Z80 A corriendo a 3.5 MHz, el Spectrum traía 16 Kb de ROM y 16 (o 48, dependiendo del modelo) Kb de RAM. La resolución en pantalla se había aumentado hasta 256x192, con 15 colores. Altísima definición, si se comparaba con el ZX81. También incluía un generador de sonido (de un canal), y teclas de goma con la misma lógica de una palabra clave por tecla.

    También ofrecía nuevos periféricos (además de la impresora, la expansión de RAM y la conectividad a cualquier cassettera), siendo el más destacado la ZX Interface 1: una suerte de primitiva docking station que incluía otros 8 Kb de ROM, un puerto serial (a través del cual se podía conectar a impresoras de verdad), una conexión para LAN, y un conector para un ZX Microdrive (un dispositivo de almacenamiento en cinta, más rápido que la cassettera). Además de Sinclair, otros fabricantes produjeron otros periféricos: joystick, sintetizadores de voz, y hasta una batería electrónica.

     

    Pero como bien sabemos, el hardware no lo es todo. Sólo es el cuerpo de la máquina. También se necesita un alma. O, en lenguaje más técnico, software. Y, en este caso, la biblioteca de software del Sinclair ZX Spectrum se empinó por encima de los diez mil títulos. Pese a lo poco avanzado de sus características, se desarrollaron muchísimos juegos para él. Y también bases de datos, procesadores de texto, planillas de cálculo, y herramientas gráficas. Todo para correr en menos de 16 kb de memoria. Y todo distribuido en las económicas (y fácilmente pirateables) cintas de cassette.

     

    40: Impacto

     

    El éxito local de los Sinclair ZX quedó enteramente demostrado cuando la primera revista de informática editada en Chile, Microbyte, comenzó a publicar en sus páginas centrales código fuente para que los usuarios introdujeran manualmente en sus equipos.

     

    En España había revistas dedicadas exclusivamente a este mundillo: ZX y Microhobby, las que eran perseguidas por los fanáticos Sinclair locales a través de liquidadoras y revendedoras de revistas. En ellas se encontraban, además de nuevos códigos para programar, reseñas de juegos, de periféricos, e información de los nuevos modelos con los que Sinclair pensaba seguirnos sorprendiendo.

     

    Además de las revistas, había programas de radio dedicados al novedoso arte de la computación, los que –además de contar las novedades de la tecnología- empleaban parte de su tiempo para transmitir programas que eran grabados por los usuarios en sus radio-cassettes y luego cargados dentro del computador (y todo eso, veinte años antes de la wi-fi).

     

     

    50: Evolución y Caída

     

    El sucesor de la franquicia sería el ZX Spectrum+ (que nunca llegó al mercado local): con teclas de verdad y un tamaño más grande, ya se parecía a los computadores tal y como todos los conocemos.

     

    El siguiente paso sería en otro idioma. Motivado por el éxito de los ZX en España (y empujado por una ley ibérica que gravaba con impuestos adicionales aquellos computadores que tuvieran hasta 64 Kb y teclado en inglés), Sinclair se alió con Investrónica para producir el ZX Spectrum 128. Con 128 Kb de RAM, un chip generador de audio de tres canales y compatibilidad MIDI, el 128 sería el último paso de la evolución Sinclair. La manipulación del sonido fue incorporada dentro del Sinclair BASIC, con nuevos comandos como PLAY.

     

    Estos modelos tuvieron un notable éxito en la madre patria. Acá, ni siquiera presentaron batalla ante el nuevo actor del mercado local: Atari, que dominaría la escena sin contrapeso durante largos años, con sus XL600 y XL800. Pero estos dos son materia para otro artículo.

     
    sinclair

    El nombre detrás de la marca: Sir Clive Sinclair

     

    Nacido a mediados de 1940, este inventor (e inversionista) inglés tuvo varios éxitos a lo largo de su carrera, todos relacionados con el campo de la electrónica.

     

    A comienzos de los 60, fundó Sinclair Radionics Ltd., compañía que se ganó un buen nombre dentro del Reino Unido gracias a su diseño, calidad, e ideas innovadoras.

     

    En 1973 comenzó otra compañía, que tuvo varios nombres, y desde la cual inició su proyecto para un computador personal. En 1981 el nombre de la firma cambió al definitivo Sinclair Research Ltd., desde donde entregó al mundo sus hijos más reconocidos: el ZX81 y el ZX Spectrum.

    Tan fuerte fue el impacto de sus mini-computadores al interior de su pais (y del mundo), que en 1983 fue nombrado caballero, y desde entonces su nombre va con el “Sir” por delante.

     

    En 1986, Sinclair vendió la marca a otra compañía inglesa, Amstrad, reduciendo la compañía a su área de investigación y desarrollo.

    En la actualidad, Sir Clive se dedica al poker, no usa la Internet, y su inventiva está orientada al transporte personal: su ultima creación es la A-bike, una bicicleta plegable que pesa menos de seis kilos.

    10/1/2008

    Portabilidad (3/3)

    14-11 walkman

    11. El walkman

    Desde el primer fonógrafo en adelante, la reproducción de música grabada siempre había sido aparatosa (¿alguien se acuerda de los tres en uno? ¿radio, tocadiscos y casetera?). Si bien los cassettes ya llevaban cierto tiempo en el mercado, se requería un aparato bastante grande dentro de la casa para poder escucharlos. Hasta que apareció el Walkman.

                                  

    Este pequeño aparato permitía al usuario escuchar, a través de un par de audífonos, la música que tuviera grabado el cassette depositado en sus entrañas. 

     

    El éxito de este gadget portátil generó mucha competencia de otras marcas (incluso la local IRT sacó su Personal Stereo), pero –finalmente- el nombre otorgado por Sony a su aparatito fue el que se convirtió en estándar para el original y todos sus clones. Y sigue vigente, al menos como nombre hasta nuestros días, claro que ahora asociado a los teléfonos celulares multirpropósito de SonyEricsson

     

    Año: 1979

    Fuente de energía: eléctrica, pilas

    Costo equivalente: unos $20.000

    Autonomía: una semana con un par de pilas alcalinas (uso moderado)

    Dejó de estar vigente por: discman primero y reproductores de mp3 después

    14-12 rubik

    12. El Cubo Rubik

    Con más de cuarenta y tres trillones de combinaciones disponibles, este cubo se convirtió a la vez en fiebre mundial, objeto pop, y símbolo de entretención portátil. De chicos a grandes, todo el mundo dedicó al menos un par de horas para explorar este objeto y tratar de resolverlo (al menos parcialmente).

     

    Replicado y copiado hasta el hartazgo, convirtió el apellido de su creador (Rubik) en sinónimo de complejidad.

     

    Y permitía a cualquiera disponer de un juguete, entretenido, desafiante, que no requería pilas ni fuente de energía, que cabía en cualquier bolso y daba horas y horas de ejercitación mental.

                                             

    Año: 1980

    Costo equivalente: unos $5.000

    Dejó de estar vigente por: sigue vigente…

    14-13 Agenda

    13. La agenda electrónica

    Inicialmente popularizada por Casio, la idea de un listín telefónico, recordatorio de compromisos, control de presupuesto y lista de tareas en un pequeño aparato era completamente imbatible. Toda una generación de jóvenes profesionales (me incluyo) abrazó este aparatito y comenzó a ordenar su desorden, recordando cumpleaños y números de teléfono para siempre.

     

    La complejidad de manejar el pequeño teclado no era nada comparado con las ventajas que ofrecía este "asistente personal" que cabía en el bolsillo de la camisa.

                                             

    Año: 1995

    Fuente de energía: eléctrica, pilas

    Peso: unos 80 gramos

    Costo equivalente: unos $30.000

    Autonomía: un año por juego de pilas

    Dejó de estar vigente por: un aparatito llamado Palm Pilot.

    14-14 Cell Phone

    14. El teléfono celular

    Grandes, pesados, con mala recepción y tremendamente incómodos, los primeros teléfonos celulares eran de todo menos portátiles. Pero lo eran. Por muy aparatosos que fueran, permitían a cualquier cristiano estar ubicable en cualquier momento y lugar (siempre que hubiera señal y la pila no se hubiera descargado).

                                

    En continua evolución, durante estos casi quince años se han masificado, reducido progresivamente su tamaño e incluido cada vez más y mejores funcionalidades.

     

    Los originales (como el de la foto a la izquierda) eran unos mamotretos gigantes y servían sólo para hablar por teléfono. Como si a alguien le pudiera interesar un teléfono que sólo puede usarse como tal.

     

    Año: 1995

    Fuente de energía: eléctrica, pilas recargables

    Peso: unos 200 gramos

    Costo equivalente: unos $300.000 al principio, hoy los hay desde $10.000

    Dejó de estar vigente por: siguen vigentes

     

     

    Con esto, termino la revisión de estos catorce artilugios que han transformado el mundo y el concepto de portabilidad. Portátil. Y dejé fuera, por demasiado modernos, la Palm, los iPods, la PSP y el iPhone. Quizás para u´na próxima.

     

    Como siempre, recibo feliz sus comentarios.